Ella propuso imaginar a nuestros familiares desnudos.
Tiene dos hermanos: una mujer de 24 y un hombre de 32. Ambos solteros. Su padre no trabaja por un accidente. Quedó manco. Su madre es odontóloga. Yo sólo tengo madre y un hermano por parte de padre que no conozco. Podría imaginarlo.
-Mi hermana al final- frenó.
No me gustó la idea, pero acepté. Ella pagaba la cena. Ni tan cena. Dos cheese burger y dos jugos de pera. Naturales, le repitió a la garzona. La garzona parecía de cuerpo blando. La imaginé desnuda. Se molestó por mi película con la garzona. Nada de pornografía, dije. La proyecté restregándose las tetas con jabón en la ducha. Por su pelo tomado, su rostro blancuzco –con algo de doble pera- y la pulcritud de la sala relacioné a ella con un baño. Un baño limpio como el del casino. El restorán “Fuego” del casino tiene buenos sándwichs. Por eso vamos. No siempre, claro.
Antes de la garzona, me relató sobre su hermano. No puse atención.
El jugo parecía de peras naturales. La garzona me lo aclaró. Aquí trabajamos con peras naturales. Miré sus senos. Parecía feliz con su trabajo. Esto me provocó sospechas. Aquel estado de felicidad laboral nunca me parece fortuito. Cuando me dijo que no había pepinillos para la cheese burguer, le pregunté la edad.
Ella detuvo el relato sobre su hermano. Quedó en unos granos que le apretaban en la espalda.
-22 años- me dijo y se fue a la cocina. No pareció molestarle.
-¿Y porqué mierda –arrastrando la r- le preguntaste la edad?
-Tranquila –le dije-. No me entra en provecho la comida enojado.
-¿Te gustó la garzona?
-No se trata de eso. Se trata de que no le deben pagar tan mal.
-¿Cómo?
-Alguien de nuestra edad no estaría tan feliz trabajando de garzón en el casino. Por eso le pregunté la edad. Tiene 22 años y debe ser universitaria. Debe trabajar en su tiempo libre aquí, tal vez se pague sus estudios. No sé. Una chica emprendedora o algo semejante.
-¿Y de cuándo esta admiración por la juventud emprendedora?
-No me jodas-
-Tú nunca has sido un ejemplo de emprendimiento, dijo ella con una sonrisa marcada en su rostro ladeado.
-Segunda vez: no me jodas. Una hamburguesa sin pepinillos es como tú sabes, un perro sin su árbol, un árbitro sin pito y todas esas cosas. Tengo hambre y me la como igual.
-Para mí no es lo mismo, pero también tengo hambre ¡¡Señorita me trae otro jugo!! Gritó ella.
-Parecen ricos los jugos- le dije.
-Otro jugo de pera- pedí.
-Si le pones mala cara te lo escupirá.
-No. No creo. Parece bien educada-
-¿Qué tiene que ver la educación en esto?
-Lo dices por ti. Claro, te tiras pedos en cualquier lado. Pegas los mocos en la pantalla del computador ¿Sigo? –afirmó con los ojos bien abiertos.
-Cállate que ahí viene-
-Están heladitos los jugos. Tienen buena mano, ahora dime ¿Qué estudias?
-No estudio señor.
-No me digas señor, dime Felipe.
-Felipe el hermoso, lanzó Carola entre risas. La chica rio.
-Disculpa, pensé que estudiabas.
-No se preocupe. Hace poco otra persona me preguntó lo mismo.
-¿Y a esto te dedicas solamente? –preguntó Carola, echando para atrás su torso.
- Sí –dijo en seco.
- Permiso, les voy a buscar las hamburguesas.
-Saben bien. Me encanta la textura- dijo Carola..
-La mía salió premiada con el escupo. Te lo aseguro. Fíjate como mira de reojo. Se debe estar riendo de nosotros. Esos imbéciles disfrutan del escupo. Ahora cuéntame sobre tu hermana ¿Cómo es ella?- le dije.
